Alberto Chimal

Mi nombre completo es Mauricio Alberto Martínez Chimal. Alberto es uno de los nombres de mi padre biológico. Mauricio viene de una bisabuela por el lado materno. Chimal proviene del náhuatl: es el escudo redondo que usan los guerreros aztecas en los códices. Martínez es un patronímico: algún remoto antepasado (quizá) se llamó Martín.

No llamo biológico a mi padre porque después haya tenido otro. No lo tuve, pero en cualquier caso el doctor Martínez nunca vivió con nosotros. Quizá por rechazar su nombre, en casa de mi madre, donde me crié, me decían Mauricio. Sobre todo me lo decían cuando estaban disgustados conmigo, por otra parte, de la misma manera en que, durante la secundaria y la preparatoria, yo era “Martínez” en los malos momentos.

Mauricio es de origen latino (maurus): quiere decir “moreno”. Y Alberto proviene del alemán: es contracción de Adalberto (athal, noble, más berht, brillante, famoso). Hay una pequeña paradoja en el nombre: oscuro y brillante, pero es inintencionada. Y los nombres en sí mismos deberían contar muy poco, desde luego: se supone que el escribir es otra cosa, una práctica que puede llegar a ser su propia justificación.

Sin embargo, cuando me acercaba a los veinte años, a la hora de elegir un “seudónimo” literario —un “nombre de escritor” que poner, en vez del que está en el acta de nacimiento, en los libros que deseaba escribir— me alejé del nombre y del apellido asociados a la dureza y a la disciplina: me hice llamar Alberto Chimal. Tal vez podría decirse también que elegí, dentro del espacio pequeño que había en las cuatro palabras de mi nombre legal, la única denominación posible que quedaba sin usar por las personas a mi alrededor: que esas dos palabras implicaban la intención de crear una identidad diferente de las que ya existían para mí, hechas por otros.

Pero hay algo más: Alberto Chimal es un nombre que no tiene nada de español. Se interna más en Europa pero, sobre todo, se queda aquí, donde vivo. Es el nombre de un hijo de soldados —aztecas—, ligado al brillo de tierras o de palabras que ellos nunca conocieron, pero sobre todo ligado a ellos mismos. A sus herramientas y a sus cuerpos.

Para entonces ya había leído El laberinto de la soledad y sabía que la historia de mi nacimiento era muy semejante al mito de la mexicanidad tal como lo describía Octavio Paz. Es decir, al cliché: la madre, encerrada en el apellido que me dio, proviene de las culturas precolombinas, y el padre podría haber sido Hernán Cortés. El abandono del doctor Martínez refuerza incluso la impresión del mal de origen: la chingadera ancestral que se repite, etcétera.

¿Estaba tratando también, acaso de manera inconsciente, de separarme de una identidad española? Con el paso de los años, creo que la elección de aquel seudónimo fue desafortunada. Mi aspecto ordinario y mestizo me acerca más a ser Mauricio. Y en cuanto al apellido…, México es un país racista.

El modelo hegemónico, elitista del escritor —no finjamos que no es así— recompensa el tener ascendencia europea directa y claramente visible por la parte del padre: provenir de emigrados españoles es lo mejor que le puede pasar, y luego ser de alguna otra procedencia extranjera; incluso si no es blanca es mejor que no sea mexicana. En mi caso ha habido dificultades adicionales debidas a mi clase: no sólo soy una persona sin padre, con el apellido y con el aspecto que tengo, sino de clase media y de “provincia”, sin otros contactos sociales. Pero con el tiempo he pensado con más y más frecuencia en el nombre.

¿Cuál es mi territorio? No el del origen europeo. No hablo alemán y jamás viviré fuera de mi país: no me “toca” y lo sé perfectamente. Pero tampoco es mi territorio el del origen mesoamericano. Ese, en la cultura mexicana realmente existente, es una reservación dispuesta para confinar a quienes se expresan en las lenguas originarias del país: ciertos temas, ciertas ediciones, ciertas predisposiciones de lectura y obligaciones tácitas. Es un encierro pequeño y asfixiante, aunque representa al menos un punto de partida, una definición que puede ser criticada y cuestionada, como lo están haciendo muchos, ahora mismo, desde sus idiomas. Pero yo no hablo ninguno de ellos. Mi educación fue mestiza: tratar de fingir lo contrario sería una hipocresía. Carlos Fuentes, dicen, recomendaba aceptar que debíamos “ir vestidos de murales mexicanos”; imagino que él se imaginaba a sí mismo ante sus pares del primer mundo, que conoció desde pequeño, pero en ese caso preciso, y sólo en ese, proclamar la “mexicanidad” sería precisar o vestir, para diferenciarla sin disminución, una apariencia occidental y aristocrática.

No quiero exagerar el patetismo de mi situación, aunque ésta sí me parece incierta. Me he mantenido con cierta terquedad en un proyecto “excéntrico” de escritura, fuera de la tradición y de las formas autorizadas de la vanguardia, como para encontrar un punto de partida distinto que no implicara tratar de asumir identidades en las que no me reconozco. Y ese proyecto tiene lectores, curiosamente más entusiastas entre quienes no son escritores o no son mexicanos. Pero nada de lo que he hecho ha avanzado por las rutas aparentemente abiertas en los nombres que se me dieron.