Sairy Romero

El universo tiene 13 mil millones de años. La distancia desde la Tierra hasta el borde del universo observable es de 46 mil millones de años luz. Los humanos tenemos ese conocimiento y podemos comunicarlo con un par de frases breves. El lenguaje y las palabras pueden contener aquello que nuestros cerebros no pueden aprehender. Sé que el universo tiene 13 mil millones de años pero mi cerebro, aunque lo entienda de la manera más básica y somera, no puede comprenderlo realmente porque no cuenta con los recursos para asimilar, para figurar, para abarcar la idea de esos 13 mil millones de años: la idea del Tiempo con t mayúscula, la idea de nuestra existencia entera, como humanidad, comenzando, desarrollándose y terminando en menos de un pestañeo. Lo mismo sucede con la distancia, con la grandeza de lo grande y lo microscópico de lo pequeño. Lo mismo sucede con las distancias entre un humano y otro.

A pesar de que los conocemos muy poco, sabemos que nuestros cerebros son infinitamente complejos. Pero aquí aparece, de nuevo, nuestra falta de recursos cerebrales: simplemente no podemos mirar a alguien y apreciar las grandiosas complejidades de su cerebro. No lo hacemos con nuestros allegados, no lo hacemos con extraños, y no lo hacemos con aquellos que viven en otro continente. Sobre todo, no lo hacemos con aquellos que no se parecen a nosotros. Tomar decisiones rápidas basadas en categorías y prejuicios fue una ventaja evolutiva para nuestra supervivencia: amigable / hostil, acercarse / huir, ayudar / agredir. Basta decir que, ahora, el mundo es diferente aunque en ciertas situaciones no lo parezca. Nuestros cerebros han cambiado, pero esa antigua capacidad para estructurar nuestras percepciones en grandes — simples, fáciles — categorías persiste. Sería más que presuntuoso conjeturar sobre lo que nos conviene en la escala masiva de la evolución, pero la complejidad de múltiples aspectos de nuestras vidas está aumentando de manera exponencial, y la utilidad de nuestra capacidad para la simplificación está caducando.

 

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Soy venezolana y a los 18 años me mudé a México. Venezuela de ninguna manera es una especie de utopía racial, pero me fui de un país en el que la palabra “negro” se dice con ligereza  — como el apodo de algún amigo o el sobrenombre de cualquier conocido a quien no le molesta que se refieran a su color de piel porque no ve nada de malo en ella — , y llegué a uno en el que se dice con cuidado, como imprudencia corregida, con un eufemismo, como “persona de color”, o con tono de burla. Mi abuelo materno siempre me ha llamado “negrita”, lo hizo durante toda mi infancia y lo sigue haciendo a mis veintitrés años, con toda la ternura y el amor que una palabra es capaz de contener. Por eso aún me inquieta que alguien diga la palabra “negro” con tanto recelo. Según Steven Pinker en The Blank Slate, el primer indicio de respeto mutuo entre los seres humanos será la falta de cambios y reemplazos en las palabras utilizadas para referirse a “los otros” en los ámbitos políticamente correctos. Escribe Pinker: “La espiral de los eufemismos muestra que los conceptos, no las palabras, son primordiales en las mentes de las personas. Dale al concepto un nuevo nombre, y el nombre se verá coloreado por el concepto”. Algunas palabras tienen el lujo de una pronunciación ingrávida. Otras, en cambio, son pesadas; tienen la función de cargar con una miríada de significados, de cargar con la historia: los antecedentes de la lucha contra el racismo institucional, para unos, y las connotaciones negativas de la representación mediática y la opinión pública, para otros. Parafraseando a Steven Pinker, las palabras usadas para referirse a las minorías seguirán cambiando si las personas continúan teniendo actitudes negativas hacia esas minorías. Poco cambiará si mantenemos el lenguaje de la evasión.

 

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Una galaxia colisionando con otra. Un agujero negro desvencijando y consumiendo una estrella. Las imágenes son bellas en cierto sentido: el de una belleza fría y lejana, un espectáculo catastrófico de luces fulgurantes que, sin nuestros ojos y sus extensiones telescópicas, no sería observado por nadie. Además del momentáneo placer estético y la evocación de nuestra insignificancia en la escala cósmica  — nuestra venidera extinción — , el espectáculo está muerto: poco tiene que ver con nosotros. Somos polvo de estrellas es una frase que significa poco si no buscamos identificarnos con cosas sin vida, sin conciencia. Pienso en estas imágenes cuando recuerdo la sospechada “literatura universal”, aquella que tiene poco que ver con los asuntos humanos porque, al parecer, los trasciende. Literatura enfocada en nuestra posición en el universo y no en la posición de uno frente al otro, en los grandes temas filosóficos y no en lo social o en lo político.

He sido culpable de este desorden de prioridades. He estado, casi toda mi vida, disociada. Esa disociación provocó que mi curiosidad, mi urgencia de saber más sobre la realidad, no se inclinara hacia temas mucho más cercanos. Cuando comencé a interesarme más por el conocimiento en general  — más allá de lo escolar —  empecé a leer sobre psiquiatría, psicología experimental y neurología con libros de Oliver Sacks, David Eagleman y Steven Pinker; sobre evolución, astronomía y física cuántica con libros de Richard Dawkins, Carl Sagan y Stephen Hawking. Leer sobre ciencia es absolutamente necesario, el problema es que me interesé en el funcionamiento del universo y de nuestros cerebros antes de tener una noción de la sociedad en la que vivo y de lo que sucede a mi alrededor.

Aprender sobre física cuántica y neurociencia cognitiva provoca cambios drásticos en tu visión del mundo, pero no aclara tus confusiones arraigadas. No te explica cómo y por qué la sociedad en la que vives distorsiona la percepción que tienes de ti mismo y te convence de que eres inferior. No expone las razones por las que las instituciones dominantes han implementado dinámicas raciales, de género y clase que dividen a la humanidad en jerarquías aislantes que nos llevan a interactuar de maneras superficiales, minimizando el intercambio genuino. La humanidad ha creado un mundo conceptual donde cualidades y defectos  — inventados, arbitrarios —  adquieren una importancia desmesurada. Lo que la ciencia sí te enseña es que el terreno conceptual por el que transitamos tiene la función de compensar nuestras limitaciones perceptivas.

 

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Estudiantes de noveno semestre de Ciencias de la Comunicación en una clase llamada Estudios de la opinión pública.

Estudiantes de noveno semestre de Ciencias de la Comunicación exponiendo acerca de la sociedad de masas.

Estudiantes de noveno semestre de Ciencias de la Comunicación mostrando, como ejemplo de cómo los humanos dentro de una multitud perdemos nuestra individualidad y descendemos a un nivel más “primitivo” y “bestial”, videos de los disturbios en las protestas en Baltimore.

Estudiantes de noveno semestre de Ciencias de la Comunicación hablando de un evento sin información acerca de su contexto.

Estudiantes de noveno semestre de Ciencias de la Comunicación alineados con la perspectiva de una opinión pública manipulada, estando en una clase sobre opinión pública donde se supone que deben analizarla, trascenderla.

Estudiantes de noveno semestre de Ciencias de la Comunicación escandalizándose por los vidrios rotos en una protesta mayormente pacífica. Escandalizándose por vidrios rotos. Por vidrios rotos. Más que por la consistente violación de derechos humanos, más que por las condiciones que llevaron a la protesta, más que por las muertes.

Estudiante de noveno semestre de Ciencias de la Comunicación presenciando la exposición de sus compañeros y pensando: quiero llorar todo el tiempo.

 

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Sin adjudicar ninguna clase de poder sobrenatural, el sentido común  — que no siempre es el más lógico, realista o inteligente —  nos dice que un nombre propio anuncia mucho sobre el nombrado. Anuncia el género, el origen, la raza, la cultura, el nivel socioeconómico, las excentricidades de los padres y, como consecuencia, las excentricidades del nombrado. Anuncia, de acuerdo al lugar en el que estamos, que el nombrado podrá acoplarse, o que resultará incómodo, inconveniente. Oímos el nombre de la persona, y el ruido que causa su pronunciación se asemeja a una palabra familiar cuando la leemos al revés. Cuando, de súbito, las letras que creíamos conocer bien comienzan a lucir foráneas, inusitadas en ese conjunto volteado de cabeza. 

Al final sí le otorgamos, sin saberlo, una cualidad sobrenatural al nombre. Tratamos al nombrado como si las pocas letras que integran su nombre y apellido formaran derivaciones fantásticas que inapelablemente elaboran la estructura de su identidad, de su cuerpo, de las delimitaciones de su mente. Como si las intersecciones y la sucesión de las letras, vinculadas con las vibraciones del sonido, al articularlas, configuraran su carácter: las curvas tersas, las esquinas puntiagudas, las líneas rectas o los bordes bosquejados torpemente gracias a la cacofonía de un segundo nombre vergonzoso y encubierto.

A la hora de la interacción, dependiendo de nuestro temperamento, todo resulta un poco tosco, y la persona parece ser arena en el engranaje del intercambio. No podemos estar seguros de nada, tenemos que estar pendientes, mirar a la persona a los ojos, inspeccionar gestos e indagar en los significados posibles. Todo es demasiado pesado y nos cansamos. La persona frente a nosotros, más que el objetivo de la comunicación, es el obstáculo, el estorbo que impide que el procedimiento se desenvuelva con fluidez hasta finalizar. El final esperado no es el enlace con el individuo o lo que se puede aprender del individuo. El final es la ausencia satisfactoria del individuo. Una ausencia que marca el éxito de la iniciativa con un mensaje que nos avisa que hemos culminado el pasaje riesgoso, las implicaciones de conocer a una persona nueva, y lo hemos hecho con nuestra integridad intacta.

Este éxito se multiplica cuando no consideramos al individuo como individuo. Un individuo, en cuestión de puntaje o calificación, no nos consigue más de una decena de puntos ganados después de una interacción satisfactoria. El éxito se multiplica porque hablar con él es como hablar con todo su continente o, para no exagerar, con todo su país. A partir de ese momento no tenemos que preocuparnos más al conocer a otra persona con un nombre similar. Ya pasamos por eso. Ya tuvimos esa conversación. Ahora podemos comentarlo con nuestros amigos en almuerzos o cenas, haciendo observaciones certeras acerca del comportamiento de las personas de esa región mientras tomamos vino o café.

La individualidad en los ojos de otros es un privilegio escaso.

 

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En Las ciudades invisibles, Italo Calvino describe una ciudad llamada Zaira. Más que la descripción de una ciudad, me parece la descripción de nuestro lenguaje.

 

En esta ola de recuerdos que refluye la ciudad se embebe como una esponja y se dilata. Una descripción de Zaira como es hoy debería contener todo el pasado de Zaira. Pero la ciudad no dice su pasado, lo contiene como las líneas de una mano, escrito en los ángulos de las calles, en las rejas de las ventanas, en los pasamanos de las escaleras, en las antenas de los pararrayos, en las astas de las banderas, surcado a su vez cada segmento por raspaduras, muescas, incisiones, cañonazos.”

 

Nuestro lenguaje también contiene su pasado. Cada palabra, cada variante en sus posibles entonaciones, incluye un indicio de esas raspaduras, muescas, incisiones y cañonazos. Un lenguaje que simultáneamente determina a quienes lo utilizan y es determinado por ellos. No sé, todavía  — aunque lo sospecho , qué o quién tiene más poder sobre lo otro: el lenguaje sobre nosotros o nosotros sobre el lenguaje. Sólo sé que no puedo escribir una palabra sin que esa acción esté predeterminada por mi tiempo, por la sociedad en la que me desenvuelvo y por mi historia: la que me han contado y la que no.