Mariana Ortiz Maciel

Las cosas se hicieron demasiado visibles para nosotros

indígenas de nacimiento, pensamiento o vocación.

Miguel Ángel Asturias

 

Crecemos como mexica-nos, leyendo libros de texto que enaltecen nuestra condición de mestizos, mientras al fondo del salón se escucha “eres un indio”, como cumbre insuperable del insulto. Y es que el nombre de un país no puede desaparecer su racismo cuando la distancia entre los símbolos patrios y la mirada conquistada sigue intacta; ni Hidalgo, ni la Revolución Mexicana, ni la mismísima morenita del Tepeyac nos han liberado, y en pleno 2015 uno puede presenciar las más sinceras y emotivas felicitaciones a una madre porque el niño le nació de ojos azules.

Pareciera que como tantos otros problemas de México éste resulta ser un nudo ciego, que se aprieta desde hace siglos sin comenzar a resolverse; sin embargo, más allá del fenómeno que ha sido nombrado malinchismo por razones “históricas”, casi tan fantasiosas como las que acompañan a la palabra indio, la configuración cultural del país es un incesante forcejeo, una forma de la nostalgia que no sabe bien a bien qué es lo que extraña, pero encuentra algún tipo de sosiego en el tequila y los mariachis. Pues bien, dejando de lado misterios tan grandes como nuestra añoranza charra, yo hablaré un poco de ciertas batallas que se han librado desde la poesía con el afán de estrechar un poco más nuestras “herencias” culturales.

Las antologías de poesía mexicana suelen comenzar con los “cantos” de Nezahualcóyotl, sin que a nadie parezca sorprenderle demasiado que el origen de nuestra literatura sea una traducción, ya no digamos sólo de lenguas, sino de formas tan distintas de decir como son la oralidad y la escritura. Desaparecer una distancia de estas dimensiones podría parecer extraño, casi impensable, si no fuera por el águila que insiste en devorar a la serpiente al otro lado de todas las monedas.

La invención de la tradición ha estado presente en todas las estrategias utilizadas para construir una identidad nacional. Es bien sabido que a partir de la Independencia se buscó con desesperación dar con lo “genuinamente” mexicano para proyectar nuestras propias sombras, más allá de los trecientos años de la Nueva España; esto es más que evidente en la poesía decimonónica, que difícilmente logra apartarse de la ideología nacionalista, pero qué pasa con los poetas del siglo XX que perciben de otro modo los deberes “patrios” de la poesía, ¿cómo asimilan ellos las resonancias del pasado prehispánico?

En el año de 1935, Bernardo Ortiz de Montellano decide “mejorar” las traducciones que Mariano Jacobo Rojas y Villaseca había realizado de algunos Cantares Mexicanos, y en la presentación de su trabajo discurre sobre la manera en que la poesía indígena ha logrado subsistir en los siguientes términos: “La canción indígena está muerta, murió del mismo mal que su lengua y con ella se desarticuló del mundo de la expresión, pero la poesía indígena yace, viva llama recostada detrás de la fonética española que le ha prestado su cuerpo y su sangre para seguir viviendo.”

Mucho podríamos discutirle a Ortiz de Montellano sobre su aseveración de que esa solitaria lengua esté muerta en un país en el que se hablan y se escriben actualmente más de 60 lenguas indígenas, pero lo importante de esta cita es que problematiza por primera vez la presencia de la lírica náhuatl prehispánica, a la que él se refiere como “canción indígena”, en los recursos poéticos del español.

Años más tarde, en una entrevista el poeta Rubén Bonifaz Nuño nos habla del impacto que tuvo en su poesía la lectura de los Cantares Mexicanos: “Cuando yo me fecundé con esos poemas para escribir Fuego de pobres (1985), busqué los rasgos de la sintaxis náhuatl que pudieran pasarse al español. En los Cantares Mexicanos yo encuentro las raíces indígenas, no en lo que están diciendo, sino en la manera como la lengua los obliga a decir algo.”

Aunque el objetivo de estos autores es muy diferente, ya que La poesía indígena de México de Ortiz Montellano es concebida como una traducción, mientras que la poesía de Bonifaz Nuño es una re-creación que interactúa con las “raíces indígenas” de estos “cantos”, hay una correspondencia fundamental entre ellos y es que ninguno de los dos llegó a ser hablante del náhuatl; es decir, que los dos están trabajando con la lírica náhuatl a partir de las traducciones hechas por otros y por lo tanto su relación con el texto “original” es en realidad el punto de encuentro con una acumulación de lecturas e interpretaciones. En este sentido, resulta interesante cuestionarse si en estas versiones-creaciones-traducciones hechas por poetas que saben cómo provocar y reinventar la lengua que conocen se abre o no la posibilidad de asir el eco de una lengua que desconocen.

Las piedras talladas de Mesoamérica son nuestro único vínculo directo con la cosmovisión “prehispánica”, no importa si nos gustan o no, no importa si las consideramos nuestro pasado o no, hay algo en ellas que nos resulta absolutamente inquietante, y es que en ellas no hay niveles de traducción, solo un mensaje inmediato, inabarcable, que entraña el orden de una mirada irrepetible.

La palabra que formó la “lírica” prehispánica no fue tallada en la escritura, su sustancia fue la oralidad, la ceremonia, el ritmo y la memoria. En su caso no se puede hablar de vínculos directos, ni de traducciones ‘”fidedignas”. ¿Pero acaso el mito “fundacional” de los mexicas que hondea apaciblemente en nuestra bandera representa un hecho comprobable y reposan en algún museo secreto los huesos del águila?

La Historia es una historia, con sus altas dosis de ficción; los versos que escribe Bonifaz Nuño no son “prehispánicos”, no pueden serlo, pero en la forma en que su “español” remueve y reinventa lo que ha llegado hasta él de las metáforas y la sintaxis de los “cantos” nahuas hay algo que pronuncia de otro modo lo “mexicano”, algo que como a él le gustaría escuchar ayuda a la “descolonización” de México, porque hace falta apretar la mezcla, confundirnos un poco más, encontrar nuevas formas de decir lo nuestro, hasta el día en que se celebre con verdadero entusiasmo el nacimiento de unos ojos oscuros.

En este sentido, la escritura de los “cantos mexicanos” es una tarea inacabada, que lleva abiertas todas las posibilidades de un encuentro que sigue fraguándose y puede llegar a darnos luces de ambos mundos como las de ese Fuego de pobres:

 

Algo insiste en morder menudamente;

algo, serpiente o pájaro,

con alhajada dulcedumbre insiste

sobre mi corazón. Y me relumbra,

entre claras mayúsculas,

la inicial embriaguez de estar despierto,

sin recordar el modo, en otra parte.

Yo, que estaba dormido

 

Amigos, era cierto;

nada tenemos nuestro para siempre.

El morir procuramos, con tan sólo

querer el otro día.

                             Y este ahora,

que me acerca a mañana,

es ya mañana un poco en que me acabo.

 

Un juego de ventanas y reflejos

y encenizado cielo se complica

del todo. Adquiere,

con un silencio aparte, una medida

espaciosa y solemne.

 

Sí; por casualidad nos encontramos

aquí, y es breve el tiempo que tenemos,

amigos, en la vida. Nos miramos

apenas un instante, en el florido

encuentro de los rostros,

y echados somos de la fiesta

antes de tiempo siempre, y sin remedio.

 

Fiados a la moneda que decide

el salto del volado,

y al caer de los oros,

ceremonial, y las espadas,

en el ganado albur que amanecemos.

 

Porque todo es prestado; se nos prestan

la casa, el despertar, la compañía,

el sentimiento temeroso, el simple

cambio de la amistad, y el júbilo

de ganarse otra vez, y nuevamente

el alegre perder al encontrarse.

 

Inevitablemente imprevisibles,

en riesgo y bajo llave,

son el vino y la boca y aquel día,

como si fuera nuestro, que disfruto.

 

Y que nadie me llame en esta hora

en que, tal vez, me esperas.